Palabra rota | ¡Qué bueno es ser el rey!

De pernadas y otras historias

09/05/2023.- En 1993 el famoso comediante inglés Mel Brooks dirigió una película llamada Robin Hood: men in tights, que nosotros, en Latinoamérica, vimos con su título original. Los españoles, por su parte, con esa manera tan particular que tienen a la hora de traducir, la nombraron Las locas, locas aventuras de Robin Hood. Lo cierto es que, dejando de lado uno u otro título, hay en esa película una escena de mucha actualidad en los días que corren. En esa secuencia, el regreso del rey Arturo de las Cruzadas coincide con la celebración de un matrimonio. Cuando el clérigo autoriza al novio para que bese a la novia, el rey se interpone y, en una escenificación abreviada del derecho de pernada, le estampa un beso que, dada su duración, es fácil suponer que penetró muy hondo en la garganta de la doncella. En ese momento, el oficiante, el propio Mel Brooks, mira a la cámara y exclama: "Qué bueno es ser el rey".

Cómo no pensar en todo este asunto del derecho de pernada cuando el ambiente ha estado saturado, durante semanas, por esa parafernalia medieval en que se convirtió la coronación de Carlos III.

El derecho de pernada subsiste hasta nuestros días y lo demostró con creces el español Juan Carlos de Borbón a lo largo de su vida, aunque para ello tuviese que desembolsar unos cuantos millones. Pero, dado que ese dinero le cayó del cielo, es fácil concluir que su ejercicio de la pernada le salió, tanto a él como a sus congéneres monárquicos, tan gratuito como solía ser para sus antepasados.

Que un grupo de parásitos sociales disfrute sin remordimientos de una vida regalada y bien provista no es sino otra muestra de la persistencia del derecho de pernada, solo que aquí la doncella encarna en todos los que se reconocen súbditos de tales majestades. Resulta difícil comprender el entusiasmo de quienes con su trabajo y sus impuestos mantienen a ese atajo de manganzones, que además tienen el tupé de pasar semejante privilegio de una generación a otra, sin más mérito que el de ser hijo de papá. Es de sospechar que desde la época de aquel emperador al que se le ocurrió salir desnudo a la calle —Hans Christian Andersen dixit—, no ha habido otro momento en la historia de tanta fascinación del vulgo, como los nobles suelen llamarnos, con los rituales y la teatralidad de la monarquía.

No hay de qué extrañarse, sin embargo. Nos tocó la época de la existencia virtual. Existimos más a través de Facebook que en eso que, para oponerlo a lo virtual, llamamos la realidad real. El bien estudiado carácter teatral de todo lo atinente a la monarquía: trajes, palacios, carruajes... pareciera sacarnos de nuestra "no vida" e incluirnos —tecnología de la información y la comunicación mediante— en esa suntuosidad y plenitud en la que parecen vivir esos personajes de opereta que se mueven en la pantalla.

La repetición del verbo parecer no es fortuita. No hay manera de evitarlo si lo que se quiere resaltar es lo aparente. La apariencia de superioridad y completitud de los miembros de la monarquía; y la aparente integración de quienes observan el espectáculo. Ya lo dijo el filósofo surcoreano Byung-Chul Han: "La hipercomunicación digital, la conectividad ilimitada, no crea ninguna conexión, ningún mundo. Más bien aísla, acentúa la soledad".

Sigue siendo, pues, muy bueno ser el rey. Lo que no es para nada bueno es seguir siendo el súbdito.

 

Cósimo Mandrillo


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