Tinte polisémico | Taichí Chuan

19/05/2023.– Si hay asuntos que son de interés capital hoy día, superado ostensiblemente ya el tema de la pandemia del covid-19 y retomada la normalidad, son los relativos a nuestra salud integral.

Conocemos a través de los medios de comunicación y de la cotidianidad, la cantidad de disciplinas atléticas y deportivas que se practican, y que, además, de su carácter lúdico y recreativo, son también evidentes los beneficios psíquico-emocionales, fisiológicos, espirituales, inclusive sociales, que involucran.

Sin entrar en el análisis relativo del culto a cánones estéticos que impone nuestra sociedad de consumo, a través de las tendencias del marketing, no podemos tampoco obviar las recomendaciones de distintos profesionales y especialistas de los ámbitos de la conducta, de la medicina, entre tantos otros, sobre los beneficios de la práctica de la actividad física.

Enumerar con ejemplos sería interminable. Así al introducirse y navegar en la internet se verifica que se puede conseguir tutoriales para aprender y perfeccionarse en cualquier disciplina deportiva. Es difícil no conseguir que alguna programación televisiva, tipo revista matutina, no incluya una sesión de ejercicios de fitness, de pesas o de bailoterapia.

Películas, series, documentales y publicaciones, como parte de la industria cultural, no escapan de la tendencia al cuidado de la salud. Así se verifica, entre tantas otras, el auge y la difusión de la práctica del yoga en sus distintas modalidades.

Podría resultar estadísticamente interesante la cantidad de gimnasios inaugurados y, en consecuencia, la proliferación de entrenadores, coaches, facilitadores, instructores y profesores, que demanda el negocio de ese público consumidor de servicios relativos a la atención de la actividad física.

Con este marco introductorio, me parece propicio referirme hoy a una disciplina considerada patrimonio intangible de la humanidad por la Unesco, denominada Taichí Chuan, estrictamente entendida como un arte marcial chino, cuyo origen, según una teoría, se remonta a unos 500 años.

Las referencias escritas datan del siglo XVII y aluden a la familia Chen. Es tal su origen marcial que se suele traducir como: “Supremo puño definitivo” o “último gran puño”.

El Taichí está directamente relacionado con el principio energético universal, representado por el “taijitu”, conocido en Occidente con el símbolo del yin y el yang.

Asimismo, el Taichí se basa en la cosmogonía China y la alquimia espiritual taoísta, así como en las leyes y principios que se exponen en el Libro de las mutaciones o Libro de los cambios, uno de los cinco clásicos del confusionismo, escrito hace más de tres mil años. Según el tao o dao, término utilizado por el taoísmo, el confucionismo y el budismo, el objetivo principal del Taichí Chuan es alcanzar el despertar y el retorno al origen. El Taichí Chuan consta de tres elementos: fortalecimiento del cuerpo, aplicaciones marciales y la meditación. A la vez, su práctica se fundamenta en el movimiento corporal, la concentración mental y la respiración consciente.

El proceso del Taichí podría sintetizarse en que se hace mediante la confección de formas (Taolu), que consisten en secuencias denominadas “cuadros”, “pasos” o “guías”, cuyos números varían en función de cada estilo y, por ende, su duración, velocidad de ejecución y cantidad de movimientos dependerá del estilo.

Se entiende que al dedicarse a la disciplina del Taichí Chuan, en su recorrido, se obtienen beneficios terapéuticos que mejoran la salud y, además, es un eficaz sistema de defensa personal.

Puedo afirmar que cuando observamos una bailoterapia, nos entusiasmamos y contagiamos con la atmósfera dinámica y rítmica que produce la música, más el efecto visual de la coreografía generada por la coordinación de los movimientos acompasados del grupo que baila y concluimos sobre sus beneficios aeróbicos como actividad. Pero también cuando se presencia un colectivo, particularmente de mujeres y hombres de avanzada edad, ejecutando una especie de ballet a cámara lenta, la secuencia armónica y plástica de movimientos, transmitiendo balance y equilibrio, en la autoconducción integral corporal, sentimos calma, y nos transmite paz y serenidad, e intuimos que su ejercicio demanda concentración y memoria en dibujar con la anatomía humana las delicadas y rigurosas figuras que se logran.

En síntesis, dos enfoques y perspectivas, la occidental y la oriental, de cómo en forma colectiva abordar el ejercicio físico como actividad vital humana.

 

Héctor E. Aponte Díaz

tintepolisemicohead@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 


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