Letra fría | Los 80. Parte II

16/06/2023.- Ya metido en ese mundo de la salsa, se fueron abriendo los caminos. Los empresarios Edwin La Cruz y Richie Bonilla me incorporaron a las giras; "el Negro" Mendoza me facilitaba los caminos con sus músicos representados; Ernesto Aue, presidente del sello El Palacio de la Música, que tenía la licencia de Fania en Venezuela, me entregaba todos los discos apenas iban saliendo y así se armó una colección importante que heredó en vida mi hijo Marcel —que ha hecho una excelente carrera como DJ—, y con el tiempo hasta tuve una disquera: HM Records... pero eso viene después.

Por supuesto que iba a todos los conciertos con acceso a camerinos y lados de la tarima. Recuerdo un concierto de Guaco donde andaba "camerineando" y en eso me topo con "el Sapo" Eddie Palmieri y, por supuesto, le pido una entrevista, que quedó concertada para el día siguiente a mediodía en la barra de la piscina del Hotel Tamanaco. Como andaba con Dilcia, nos pregunta en voz alta al despedirnos: "¿Tienen niños?". "Sí", respondimos al unísono. "Entonces llévenlos también para que se bañen en la piscina". "Seguro que sí", respondí. Por supuesto que al otro día, a las doce en punto, estábamos ahí como dos claveles con sus clavelitos Ligeia y Marcel, de ocho y cinco años. Dio instrucciones al mesonero de que les sirvieran hamburguesas y refrescos, con cargo a su habitación, mientras nosotros subimos al cuarto a realizar una de las entrevistas más gratas y locas de mi vida. Casi tres horas después, subió Dilcia con los niños contentos y, para mayor felicidad de ellos, Eddie terminó de vaciar la neverita del room service regalándoles todos los chocolates, porque las botellitas de ron, whisky y cervezas ¡nos las tomamos toditas! Ja, ja, ja.

A finales de la década lo volví a ver en Venezuela, e incluso lo entrevisté para Ávila TV, ¡pero en esos días botaron al camarógrafo y de la arrechera se llevó la cinta! Ja, ja, ja. Luego, en el invierno del 93, nos vimos en Nueva York. Estaba yo alojado en el campus de una universidad cuyo nombre no recuerdo, lo que sí sé es que quedaba en Rutherford, New Jersey, e invité a un amigo venezolano (Palmisano creo), que tenía carro, para ir a un concierto de Palmieri en la Blue Note. El cuento es que llegamos y nos metimos por la puerta de los artistas. No sé cómo convencí al gorila de la entrada. A los cuarenta años todavía me podía colear en esas vainas; hoy, si me quisiera colear en una iglesia, ¡me paran los monaguillos! Ja, ja, ja.

Ya dentro nos fuimos directo al camerino y, conversando yo con Johnny Almendra y Jimmy Delgado, percusionistas que había conocido en las giras con Rubén y Willie, de pronto veo a Eddie haciendo la seña de "ven acá". Yo miraba para atrás buscando ver con quién era la cosa, y con el dedo índice me decía gestualmente: “Es contigo, güevón”, je, je, y me fui al cuartico donde estaba, cerró la puerta y prendió un bate. "¡Toma para que me escuches bien!"... Al subir, me mandó a sentar cerca del piano, en una barrita circular, y de allí en adelante me fue dedicando todo el concierto, gestualmente con todas sus monerías, incluidas las de Sapo, y yo saludando con reverencias tenues su gentileza. ¡Cualquiera que nos hubiera visto pensaría que éramos maricas! Ja, ja, ja.

Eddie, aparte de aquella deliciosa entrevista del Tamanaco, me tenía buen afecto a partir de una muy sentida nota que escribí en Venezuela Farándula —por solicitud de mi buen amigo Rafael Fuentes Jr., director de la revista— sobre la muerte de su hermano Charlie, acaecida en 1988.

 

Humberto Márquez


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