Vitrina de nimiedades | Cementerio de datos

Desperdigamos nuestros pasos por la web sin recordarlo y sin saber si todavía están ahí

24/06/2023.- Para resumir la vida de un ser humano, pocos objetos podrían ayudarnos tanto como los "papeles". Cuando escribimos "papeles", no hablamos de un simple cúmulo de hojas producto de trámites, imprevistos, momentos alegres y proyectos. Juntos, nos dan la idea de trayectoria, vida, historia, memoria. Seguridad y angustia jamás estuvieron tan unidas en torno a una carpeta de copias o reproducciones. Pero en tiempos digitales, la memoria ya no tiene tantos referentes fuera del teléfono o la computadora. Hemos desperdigado nuestros pasos por el mundo de la web sin siquiera recordarlo y, peor aún, sin saber si esas huellas están todavía ahí.

Un ejemplo simple, que las nuevas generaciones verían como una curiosidad antigua, son los álbumes fotográficos. Hace veinte años, la vida familiar podía resumirse en tres o cuatro carpetas a reventar de imágenes impresas. Las selfies no eran ni siquiera un sueño colectivo: tomarse una foto era un acto para ocasiones especiales, desde el matrimonio hasta esa fiesta que terminó al mediodía siguiente. Eso de "Bórralo, que salimos feos" era un anhelo truncado por los rollos fotográficos.

Esa carga ritual es compartida con el acto de ordenar los papeles de la familia. Casi siempre hay un "designado" para tener la vida jurídica y legal de todos bajo control (¿problemas derivados de eso? Miles, pero de ese tema hablamos luego). Documentos originales y en copias, vigentes y vencidos, de difuntos y de quienes aún están vivos: así se guarda con celo nuestro paso por este mundo. Los lugares de resguardo son cuestión de gusto: hasta el espacio entre un colchón y la base de una cama es un buen archivador.

También hay territorios privados e íntimos asociados al papel. Datos reservados, diarios y apuntes de todo tipo alguna vez quedaron asentados en cuadernos y hojas sueltas. Pasa con todos los mortales: desde los abuelos con sus recetas maravillosas hasta los escritores, exitosos o no. Por algo, los manuscritos son un instrumento valioso para explorar al otro. De eso saben tanto los expertos en genética textual, capaces de descubrir en manuscritos el origen de una obra literaria, como aquellos que se reencuentran con sus difuntos leyendo una carta vieja.

¿El mundo digital nos niega todo eso? En principio, no. Basta revisar la memoria de cualquier teléfono inteligente para ver pequeños álbumes familiares, chequear una cuenta de correo electrónico para encontrar documentos legales o ver un bloc de notas digital con apuntes tan diversos como los intereses de su autor. ¿Pero cuántos de estos datos pueden sobrevivir a daños de dispositivos, cambios de políticas de uso de plataformas digitales, olvidos de contraseñas y otros males de estos tiempos? La vida útil de un servidor, esa supermemoria externa que guarda nuestros datos hoy, es de apenas cinco años. Salvo las empresas del sector, pocos alcanzan a saber cuántos datos mueren a la par de esos dispositivos, cuántos recuerdos son hoy nada, es decir, cero bytes.

A eso debemos sumar los problemas provocados por compartir nuestra información en plataformas digitales. Cuando ya no estemos, ¿quién se hará cargo de nuestras publicaciones? ¿Alguien guardará ese testimonio de nuestro paso por este mundo? ¿Alguien comprenderá que las plataformas digitales también mueren? Para 2021, se calculaba que el 89 % de las webs en el mundo no estaban operativas. Nada parece indicar hoy un cambio de tendencia. La existencia de los llamados "restos digitales" es un problema que muy pocos llegamos a entender.

Quizás la expansión de los soportes digitales nos adormece los recuerdos. Dejar de ocupar el espacio físico solo permite tener más estantes para colocar otras cosas, pero nos hace olvidar que todo aquello que nos identifica merece un buen lugar. Al menos, se ha ganado el derecho de no reposar en un cementerio de datos.

 

Rosa E. Pellegrino


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