Micromentarios | Sospechoso

27/06/2023.- En nuestros días y a nivel planetario, el adjetivo sospechoso da la impresión de haberse independizado de su predicativo obligatorio.

Es muy necesario indicar a qué se refiere la sospecha: ¿a que es alguien con malas intenciones? ¿A que parece un delincuente? ¿O la persona es sospechosa de ser feliz (lo cual en la sociedad occidental es altamente subversivo)?

Para las autoridades policiales y gran cantidad de colegas periodistas, dicho adjetivo es suficiente para indicar la culpabilidad de una persona, sin necesidad de explicar de qué se le acusa o precisar cuál es su delito o falta.

La denominación contiene en sí misma tanto el juicio como la condena —sin derecho a defensa— y tiene como punto de partida la apariencia.

De este modo, cualquiera cuya piel no sea blanca, cuya vestimenta y calzado no sean de marca y ande por la vida sin el propósito de aplastar a los demás, puede y debe ser considerado sospechoso.

Si usted es moreno, trigueño, negro, amarillo, cobrizo, usa turbante, bigote, ropa común y corriente y no demuestra andar a la caza de incautos, es candidato ideal para ser sospechoso. Y no solo sospechoso de haberse apoderado de algo tan simple como un lápiz, sino hasta de poner una bomba en una iglesia, un colegio o un avión de pasajeros.

—¿Por qué me detienen?

—Por sospechoso.

—¿Sospechoso de qué?

—Sospechoso.

—Sí, pero ¿de qué?

—Sospechoso.

Si participas de este o un diálogo similar, debes saber que a partir del mismo pierdes todos tus derechos y quedas sin defensas a merced de la suerte, ya que por ser sospechoso no solo pueden detenerte, sino también golpearte, desaparecerte e incluso asesinarte.

A partir de la sospecha, solo tus acusadores tienen la potestad de establecer si en verdad eres culpable o alguien cuya culpabilidad no se ha podido demostrar, puesto que se piensa que nadie es inocente.

La célebre máxima según la cual eres inocente hasta demostrarse lo opuesto se ha convertido en una utopía.

Si no, que lo digan aquellos afganos, iraníes e iraquíes llevados a la prisión estadounidense de Guantánamo, a los que luego de tres o cuatro años de interminables interrogatorios, torturas físicas y psicológicas y vejaciones (entiéndase por tales encierros en calabozos sin luz, agua, ni retrete; escupitajos sobre sus cuerpos y sus comidas; fotografías en posiciones humillantes; insultos a Alá, Mahoma y el Corán, entre otros), se les liberó por considerarse que no eran culpables de atentados, ni ningún otro delito antiimperialista.

Solo fueron, en algún momento, sospechosos.

—¡Eres culpable!

—¿Culpable de qué?

—Eso no importa.

Hechos como estos, que suceden en múltiples puntos del planeta, incluso en el momento en que escribo, hacen que siga vigente la obra de Franz Kafka. Una novela como El proceso o un cuento como "La condena" podrían formar parte, ahora mismo, de la vida de cualquier prisionero o individuo pseudolibre del mundo.

 

Armando José Sequera


Noticias Relacionadas