Micromentarios | El falso exiliado

22/08/2023.- Cuando en 2007 me hallaba en la Feria del Libro de Fráncfort, me enteré de que, en uno de los edificios donde anualmente se realiza esa actividad, había una conferencia de Umberto Eco. Además, se presentaba su nuevo libro Historia de la fealdad.

Salí de la enorme sala donde se hallaba el stand de Venezuela y me encaminé al lugar de la conferencia. Debía recorrer varios pasillos larguísimos, provistos de aceras móviles, como las de los grandes aeropuertos.

Por estas circulaban cientos de hombres y mujeres de todos los tamaños y colores de cabello, gran parte de ellos y ellas trajeados de negro o gris oscuro y portando pequeños maletines con ruedas. Por la forma de caminar, daban la impresión de ser monjas y monjes que se dirigían a centros de oración, pero se trataba de agentes literarios. En los maletines portaban manuscritos originales o ejemplares publicados de los libros que pretendían negociar.

Acababa de subirme a una de estas aceras móviles cuando anunciaron por los altoparlantes —primero en inglés y luego en alemán—, que acababa de otorgársele el Premio Nobel de Literatura a la escritora británica Doris Lessing. Entonces, ya tenía varios años entre los favoritos para obtener el galardón.

En todas las plantas del edificio se levantó un murmullo semejante al que se escucha en un estadio cuando un equipo local de fútbol hace un gol.

Cuando casi media hora después llegué al lugar de la conferencia de Eco, me enteré de que la misma estaba pautada para dos horas más tarde. No podía quedarme porque, para entonces, debía estar en Wiesbaden —la ciudad alemana donde se halla el casino de la novela El jugador, de Fiódor Dostoyevski—, para participar junto a Luis Britto García y la profesora Marisela Guevara en un foro sobre la situación política en Venezuela y su incidencia en el ámbito cultural.

A este foro se presentó un tipo mal vestido y desgreñado que exigió que los tres condenáramos por escrito el régimen asesino de los ayatolas en Irán. Cuando Luis le preguntó qué sentido tendría para él tal pronunciamiento, respondió que lo enviaría a las Naciones Unidas y a la Liga Árabe. No sé quiénes creyó él que éramos Marisela, Luis, y yo.

Dijo haber sido torturado por orden del ayatola Alí Jamenei y personalmente por el propio presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, dado que en Irán él era un destacado líder de la oposición. Al darse cuenta de que no le creíamos, mostró quién era en verdad, igual que en nuestros días algunos exiliados políticos venezolanos:

—¡Euros, euros! —dijo en español haciendo gestos con los dedos.

Por supuesto, tampoco lo complacimos. Entonces se fue hasta una de las sillas del fondo y, minutos después, se levantó ruidosamente y se marchó.

A la salida de dicho foro, uno de los presentes comentó que el individuo no era iraní. Explicó que asistía a todas las actividades culturales que se realizaban en Wiesbaden y que en cada una se presentaba como exiliado de un país diferente y ya lo había visto decir que era albanés, azerbaiyano y afgano.

 

Armando José Sequera


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