Macuto: el bastión turístico guaireño que se niega a ser víctima
La resiliencia es el código indomable del venezolano
12/07/26.- Llegar a Macuto es recibir un golpe seco en el pecho. Al bajarnos del carro un aire nos invadió con una contradicción brutal: el olor limpio y eterno del mar Caribe mezclado con una densa capa de melancolía y una profunda tristeza que flota sobre escombros. Huele a pérdida, duele la mirada sobre las fachadas heridas.
Sin embargo, en medio de ese sentimiento de dolor emergen ráfagas de ese aroma dulce, silvestre y frutal de la uva de playa tan característica de La Guaira. Es el olor de la memoria del pueblo, un recordatorio aromático de lo que estaba allí antes del desastre y de lo que, por derecho propio, debe volver a estarlo.
Eran apenas las 10 de la mañana cuando el cielo se abrió contra nosotros. El aguacero nos sorprendió recién bajados, en plena intemperie, pero la lluvia no detuvo nada. Al contrario, bajo el agua resurgió la hospitalidad guaireña: las mujeres de la comunidad se acercaron con café caliente resguardado en lo que llamamos "pote de arroz chino", y nos sirvieron el líquido divino en vasos plásticos.
Justo en el borde del techo herido donde se escuchaba caer la lluvia, guindaba una bandera de Venezuela que se mojaba aferrada a su sitio. Mientras, el café colado en medio de la precariedad nos preparó el escenario perfecto para escuchar las voces de los protagonistas, quienes apenas a 17 días del doble terremoto que sacudió la costa, se resisten a paralizarse.
El ambiente aquí es de exigencia, porque Macuto, bastión turístico del estado, se niega a ser víctima. Las personas aquí no están pidiendo dádivas ni subsidios de emergencia, su reclamo es categórico y descoloca los manuales tradicionales de la gestión de desastres, solicitan la activación inmediata de las zonas turísticas.
Por eso caminar hoy por Macuto es presenciar la teoría de la ecología del desarrollo humano. Mientras los equipos técnicos evalúan estructuras, las mujeres y hombres de la Asociación Cooperativa de Familias, Mujeres y Desarrollo Sostenible (Asofamdes), bajo el proyecto de Organización para la Resiliencia, la Dignidad Humana, el Bienestar Integral y el Hábitat Sostenible con Enfoque de Género y Generacional, muestran una determinación feroz.
Aquí los nombres propios sostienen las paredes que el sismo agrietó y lo hacen desde la herida más profunda, porque estas personas lo perdieron todo, absolutamente todo. El doble terremoto los dejó sin casas, sin ropas, sin un solo recuerdo material de sus vidas y, en muchos casos, los más desgarradores, sin sus propios familiares.
VOCES DE RESISTENCIA Y RESILIENCIA
"El turismo es nuestro ecosistema, la fuente de nuestra autonomía", dijo la señora Celsa, con la mirada fija en el horizonte del Caribe y los pies firmes sobre el bulevar. "Si el Estado nos congela la zona turística por burocracia o por miedo, nos mata más rápido que el propio sismo. Necesitamos reactivar la economía ya", insistió segura de lo que decía.
A su lado, la señora Yaritza asintió. Para ella la parálisis no es una opción viable si se quiere salvar el tejido social. "Estar parados alimenta el trauma, te encierra en el recuerdo del temblor, mientras que estar productivos, limpiar nuestros comercios y prepararnos para recibir a la gente es lo que nos cura la mente", aseguró con una convicción que asusta y desarma cualquier intento de victimización.
Esta reacción popular es la confirmación de la tesis que Rosana Sánchez y Fidel Hernández, magister en Ecología del Desarrollo Humano y sociólogo, respectivamente, explicaron durante una entrevista exclusiva concedida a nuestro diario digital Ciudad CCS, en la que nos hablaron de las cuatro etapas del Hub Científico de Ecosistema, Neuroplasticidad y Resiliencia Productiva, que se preparan a desarrollar con las comunidades de Macuto.
"El levantamiento del trauma masivo no ocurre en el aislamiento de un refugio, sino recuperando la soberanía del propio trabajo", afirmó Fidel, mientras nos presentaba al resto de los integrantes de la activa comunidad que es la prueba más firme de que la resiliencia es el código indomable de los venezolanos.
Es justamente en medio de la pérdida total donde al criollo le emerge esa fuerza visceral tan característica, esa capacidad de pararse sobre su propia ruina, descalzo y de luto, dispuesto a continuar viviendo y luchando. No hay espacio para la autocompasión cuando hay una ciudad que necesita ser reconstruida desde los cimientos.
La resistencia ya es un hecho en el bulevar. En medio del paisaje herido resaltan un par de comercios abiertos, desafiando la inercia del desastre con las santamarías arriba. En uno de ellos, la cotidianidad se impone. Un agua de coco, fría, directa del fruto, un sorbo de normalidad tropical que sabe a victoria, pasó por mi garganta como muestra de que el motor ya está encendido esperando al resto.
RECLAMANDO EL PRESENTE
Mientras los manuales internacionales dictan mantener la zona bajo un estricto cierre perimetral por emergencia, la base social de Macuto entiende que la verdadera reconstrucción sismorresistente empieza por mantener la cocina encendida, los comercios abiertos y las playas listas para el visitante.
El contraste es evidente. Por un lado, la velocidad de la burocracia local que suele ralentizar procesos postdesastres bajo la sombra de una evaluación infinita, y, por el otro lado, está una comunidad que sabe que cada día perdido es una línea sináptica que se rinde al desánimo.
Leorgelis, otra lideresa comunal, lo resumió con claridad: "No estamos esperando que vengan a regalarnos nada ni a resolvernos la vida desde una oficina en Caracas. Estamos exigiendo que el Estado habilite las condiciones operativas para reactivar los nodos turisticos de la parroquia. Nosotras sabemos cómo levantar a nuestro pueblo, pero necesitamos que nos dejen trabajar".
Las palabras de Celsa, Yaritza y Leorgelis son un acto de soberanía económica y salud mental. Están convirtiendo la catástrofe en autogestión pura.
EL PULSO QUE SE QUEDA ENCENDIDO
Avanzó la mañana y el cielo cambió de temperamento. El agua dio paso a un clima pesado, a ese calor húmedo y espeso característico del aire de La Guaira que aumentó cada minuto pegando la ropa al cuerpo y levantando el vapor del asfalto herido. Ya a golpe de mediodía, bajo el sol implacable y sospechoso, nos despedimos de la asamblea comunitaria.
Dejamos atrás el bulevar del Paseo Macuto, pero ellos se quedaron activos, organizados y firmes. Nos fuimos con el frescor del agua de coco en la memoria. Al mirar por el retrovisor, bajo el aroma persistente de la uva playera y ese sonido de las olas, quedó una certeza absoluta: Macuto no está esperando, está dictando sus propias reglas de supervivencia.
La Guaira tiene la dignidad intacta, desde ya está aprendiendo a producir, a levantar su voz y a recibir al mundo mientras el suelo termina de asentarse. Está demostrando que la autogestión no es un concepto abstracto sino la urgencia de tomar las riendas del presente.



TEXTO: SABINA DIMURO / FOTOGRAFÍA: VLADIMIR MÉNDEZ / CIUDAD CCS
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