Aquí les cuento | Margarita (II)
Por Aquiles Silva
Pasamos la página, pero no la arrancamos del libro de la historia.
14/08/2026.- El expediente que Margarita Da Silva había sustanciado sobre Víctor II Arcaya —que así era el nombre del padre del doctor Víctor III Arcaya López— era extenso. No se limitaba a las meadas ni al cementerio de colillas en las macetas; a este se le sumaban los insultos disparados en los últimos veinte años, un tarascón a la puerta del ascensor y las invariables ventosidades exhaladas en el pasillo cuando la encontraba limpiando el tablero de ajedrez, las cuales hacían caer de su rígida postura al rey blanco.
Ya Margarita estaba cansada de conversar con el doctor, a quien elevaba las quejas sobre su padre como si fuese el alumno de segundo grado que se lía a golpes con el compañerito porque le mordió la borra de su lápiz Mongol recién estrenado.
Cada vez que mi padre le preguntaba sobre las travesuras de mi abuelo, contestaba invariablemente:
—¡A mí me da pena, doctor!...
Sonreía y abrazaba el palo del lampazo con que, todas las tardes, limpiaba el rostro del tablero que servía de pasillo hasta el ascensor y la entrada de los cuatro apartamentos de la planta baja.
No era casual. El viejo Víctor II le había jurado a su hijo que sería el Gramoxone de toda Margarita que conociera en su vida.
Una vez, entre palos de aguardiente, se aventuró a contarle la razón de aquel odio ancestral que le corroía los huesos y el poco discernimiento que habitaba en su conciencia:
—Pero, papá, ¿qué culpa tiene nuestra conserje de tu pasado? Cuando tú pasaste aquella suerte de maldición, ella ni siquiera había nacido, y bien lejos, por cierto, para que tú creas que lo mejor que puedes hacer es amargarle la vida por el solo hecho de tener su nombre…
Transcurrieron once años después de la muerte de mi madre cuando, una vez que yo había viajado a la universidad a empezar mi carrera, apareció en la vida de mi padre la joven Margarita Ascencio, hija del viejo propietario de la ferretería donde él llevaba cuentas. Ella había sido mi compañera de estudios en toda la primaria y el bachillerato y, además, la habían coronado como reina de las ferias de Calabozo apenas cumplió los dieciocho años. Era bonita aquella muchacha. Realmente hermosa.
Ahí empezó el cambio de estilo de vida del viejo patriarca, quien nunca había dejado de conducir la vieja camioneta Ford de los ochenta. A partir de entonces, se encerró en aquella exclusiva cuatro por cuatro con aire acondicionado y vidrios ahumados para evitar que el ahora sofocante calor del llano le marchitara la fresca lechuga que tenía en su huerto.
A Víctor II Arcaya, durante los tres años y nueve meses que le duró la luna de miel llanera, una suerte de magia le había cambiado los hábitos y costumbres. Ya no se detenía en las bodegas a comprar papelón, café o algunos litros de kerosén para prender el fogón. Ahora se le veía en los automercados, empujando el carrito lleno de los manjares exquisitos que cambiarían su mesa al asimilar, progresivamente, la juvenil dieta de su reluciente esposa.
El barbero "Remache", que acudía una vez cada quince días a afeitarlo y a recortarle los pelos de las cejas, nariz y orejas, quedó cesante, porque mi padre ahora ocupaba los servicios del mejor estilista de la ciudad, en su estudio con aire acondicionado y sala de espera con revistas de moda.
Al viejo Víctor II no le importaba que los amigos del dominó, las peleas de gallo y las juergas semanales con joropo y carne en vara lo miraran y lo saludaran con una mano en la frente y lo vieran alejarse con la sorna dibujada en sus rostros…
Yo puedo confesar —aquí entre nos— que las dos veces que visité Calabozo encontré La Vitera transformada. Era evidente que la juventud de mi "madrastra" había puesto su sello en todos los espacios, y aquella casona parecía un edén para quien lograra visitarla.
Desde luego, tuve que marcar distancia de mi querencia debido al estremecimiento que sentía ante la presencia de aquella excompañera del liceo. Margarita Ascencio era una flor a la que no le habían arrancado siquiera uno de sus pétalos. Y yo, desde luego y por obligación, tenía que mirarla de lejos. Lo mejor que pude hacer, por la salud de mi padre, fue no volver a Calabozo.
"El encargado de vacunar las vacas y recoger los becerros no tuvo la culpa", decía su madre Arcadia Curupe, la india pumé, madre de José Frank, quien le llevaba a la flor del azahar aquellos pepures repletos de mangos.
Margarita, al recibirlos, tomaba el más próximo a su mano, lo frotaba en el espacio limitado por el hombro y el bolsillo derecho de la camisa de caqui del joven y lo mordía sin dejar de mirar el ruborizado rostro del muchacho, quien colocaba el pequeño canasto sobre la mesa y se alejaba, escaneado por la mirada de la patrona, que hacía crujir a mordisco limpio la pulpa pintona del mango de bocado...
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