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BORRADORFidel: un lector voraz que se daba el tupé de corregir al Gabo

El líder cubano concibió la literatura como una vía capaz de conducir a la emancipación

"Nosotros tenemos que rescatar el valor del libro y el amor a la lectura”, decia el comandante.

13/08/26.- El acercamiento de Fidel Castro Ruz con el universo de las letras distó de ser un pasatiempo contingente; constituyó una praxis intelectual sistemática que vertebró su concepción del mundo. Testimonios historiográficos y crónicas como las de la investigadora Katiuska Blanco revelan que sus hábitos de lectura combinaban una disciplina espartana con un abanico temático heterogéneo.

En las penumbras del Presidio Modelo o en las alturas de la Sierra Maestra, los volúmenes teóricos de Karl Marx convivieron con Por quién doblan las campanas de Ernest Hemingway obra de la cual abrevó lecciones sobre táctica de combate irregular y con clásicos decimonónicos como la Vida de Shakespeare y Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde.

​Su meticulosidad analítica se extendió a la apreciación estética y al estudio de las artes plásticas del continente. Fidel indagó con agudeza en las monografías sobre el maestro venezolano Armando Reverón el mítico "pintor de la luz" de Macuto, desmenuzando no solo el uso radical del espectro lumínico y los soportes rústicos en la obra del artista, sino también las lecturas e influencias impresionistas y simbolistas que alimentaron el encierro creativo de Reverón en su Castillete.

Esta versatilidad le permitía discurrir con igual soltura sobre la épica narración de la batalla de Waterloo formulada por Víctor Hugo en Los Miserables, profundizar en la monumental producción historiográfica de la Biblioteca Ayacucho venezolana, la que consideraba "maravillosa" o sostener apasionadas controversias con Gabriel García Márquez en torno a la simplificación fonética de la ortografía y más allá: corregir imprecisiones de algunos títulos del Gabo, como en Amor y otros demonios, a petición del propio autor.

​Para el estratega cubano, el texto no funcionaba como un dispositivo de evasión. En una de sus intervenciones más recordadas sobre el tema, sentenció: “Nosotros tenemos que rescatar el valor del libro y el amor a la lectura”. En su visión, no existía dinámica más gratificante y regeneradora que el acto de leer, pues en él confluyen el esparcimiento sano y la adquisición ininterrumpida de conciencia crítica.

“Fidel creía en la posibilidad de los libros urgentes, que de forma cristalina y sencilla salen al ruedo de las luchas sociales para llevar una verdad y así, crear conciencia, articular esfuerzos, movilizar muchedumbres en pro de una idea noble, de una idea justa.”


Los cimientos de la democratización cultural

Su formación perenne resaltó la importancia del conocimiento y su asociación con la Revolución Cubana.

Bajo la premisa martiana de que “ser cultos es el único modo de ser libres”, la naciente administración revolucionaria colocó la difusión del saber en el vértice de sus prioridades socio-políticas. Apoyándose en la máxima de que “sin cultura no hay libertad posible”, a tan solo noventa días del triunfo revolucionario en 1959 se dictó la creación de la Imprenta Nacional de Cuba.

Su bautismo de fuego editorial no fue un tratado bélico ni un panfleto administrativo, sino una tirada masiva e inédita de cien mil ejemplares de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, gesto que simbolizó el acceso libre del pueblo llano a las cumbres del pensamiento universal.

​A esta metamorfosis material que transformó simultáneamente los cuarteles de la dictadura en ciudadelas escolares, como la Ciudad Escolar Libertad le siguió la definición conceptual de la política cultural. En junio de 1961, durante las históricas jornadas en la Biblioteca Nacional, el mandatario pronunció sus célebres Palabras a los intelectuales. En dicho foro estableció las líneas maestras del patrocinio estatal a la creación artística bajo la consigna "Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho", exhortando al gremio literario y pedagógico a no imponer dogmas, sino a dotar a la ciudadanía de herramientas analíticas.

De allí derivó su famosa formulación frente al dogmatismo ideológico: “Nosotros no le decimos al pueblo: ¡cree!, le decimos: ¡lee!”.

​La consolidación del circuito literario requirió la fundación de estructuras institucionales sólidas capaces de proyectar el pensamiento insular hacia el exterior y coordinar el flujo del saber internamente. Con la creación de la Casa de las Américas, liderada por Haydée Santamaría, Cuba se convirtió en el epicentro del diálogo sociocultural de América Latina y el Caribe, promoviendo premios literarios, revistas especializadas y un catálogo de autores continentales que rompieron el aislamiento editorial impuesto a la región.

​En el plano interno, el nacimiento del Instituto Cubano del Libro (ICL) otorgó un marco industrial y metodológico a la producción bibliográfica. El ICL no solo asumió la responsabilidad del diseño, traducción e impresión de textos científicos, filosóficos y literarios, sino que diseñó la logística para garantizar que las obras llegaran a precios subvencionados a cada rincón del archipiélago, concibiendo la red de librerías públicas no como comercios, sino como espacios de irradiación comunitaria.

“El Estado socialista debe editar libros no para ganar dinero, debe editar libros para beneficio del pueblo; y se beneficia al pueblo no solo con un tipo determinado de literatura, sino con una gran variedad de libros y con una política editorial que le permita a la población tener acceso a las mejores obras creadas por la inteligencia del hombre, tanto históricas, literarias como políticas o de otro tipo”.


Del Sistema de Ediciones Territoriales a la Feria Internacional del Libro

Su amor por las letras lo conllevaron a demostrar la importancia de preservar la Cultura.

A finales del siglo XX e inicios del XXI, la concepción del libro como "escudo y espada de la nación" demandó nuevas soluciones ante los retos económicos de la época. En el año 2000, impulsado por la visión de Fidel Castro de multiplicar los polos creativos en el interior del país, surgió el Sistema de Ediciones Territoriales (SET). Mediante la entrega de equipamiento de impresión digital a todas las provincias, se democratizó la publicación, permitiendo que autores locales, historiadores regionales y poetas nóveles editaran sus libros sin depender de las decisiones centralizadas de La Habana.

“ (…) nosotros no le decimos al pueblo: … ¡cree! Le decimos: … ¡lee! (…)”.

​A la par del SET, el Estado auspició y potenció la Feria Internacional del Libro de La Habana (FILH / FICH). Lo que originariamente constituía un encuentro especializado de carácter técnico o mercantil, mutó en un festival popular itinerante que recorría todas las capitales provinciales de Cuba.

Durante la inauguración de recintos como la Imprenta "Alejo Carpentier" en 2002 y en intercambios durante las ferias del libro del siglo XXI, el líder cubano ratificó que estos eventos debían ser espacios multidisciplinarios de recreación creativa donde la ciudadanía encontrara en la literatura el instrumento fundamental para el desarrollo del intelecto y el ejercicio innegociable de la dignidad.

"Sufro cuando veo las bibliotecas, sufro cuando reviso una lista de títulos de todas clases, y lamento no tener toda mi vida para leer y estudiar".

La figura de fidel Castro como lector voraz transciende de la mera anécdota biográfica para consolidarse como una doctrina de emancipación popular, su empeño en masificar l acceso a la literatura, transformando la lectura de un privilegio de elit5e en una herramienta cotidiana, demostró la convicción fundamenta, la resistencia de una nación no depende únicamente de su capacidad material o milita, si no de la solidez de su conciencia crítica y su desarrollo espiritual.

El legado de fidel no se mide en la cantidad de volúmenes que poblaron su biblioteca personal, sino la metamorfosis d un pueblo que ha aprendido a cuestionar, comprender y defender su realidad con un libro en la mano.

ORIANNA GONZÁLEZ / CIUDAD CCS