Escarrá: Venezuela es el centro de la pugna global por el crudo
Siete Hermanas petroleras y las élites apuntan al control de rutas marítimas venezolanas
23/09/26.- Venezuela vuelve a ocupar un lugar sensible en la geopolítica energética y territorial de América Latina. Sus reservas petroleras, su acceso al Caribe y al Atlántico, la cuenca del Orinoco y la concentración de minerales estratégicos la ubican en una zona de interés permanente para Estados Unidos, las potencias emergentes y las grandes corporaciones vinculadas al control de recursos.
Esa fue una de las ideas centrales expuestas este miércoles por la politóloga e internacionalista Carolina Escarrá Gil durante la conferencia: “Venezuela en el marco de la geopolítica mundial y la coyuntura actual”, realizada en la Cátedra Libre Geopolítica y Energía, del Centro de Saberes Africanos, Americanos y Caribeños.
La actividad fue moderada por Eduardo Medina Rubio, director de Geopolítica y Energía del Centro Internacional Miranda (CIM), y se desarrolló en medio de un escenario internacional marcado por guerras, reacomodos de poder, competencia por materias primas, sanciones económicas, crisis climática y la disputa por un orden mundial menos dominado por Occidente.
Petróleo, minerales y ubicación estratégica
Escarrá Gil sostuvo que el peso de Venezuela no se limita a su condición de país petrolero. La nación posee las mayores reservas probadas de crudo del mundo y mantiene una ubicación geográfica que conecta el Caribe con el océano Atlántico y las principales rutas marítimas de la región.
A esa condición se suma la presencia de oro, hierro, bauxita, carbón, coltán, diamantes, níquel y otros minerales de interés para la industria tecnológica, militar y energética. En el sur del país, el Gobierno ha reportado recursos auríferos y certificaciones en diversos bloques vinculados con el Arco Minero del Orinoco, aunque la dimensión real de las reservas y las condiciones de explotación han sido objeto de debate técnico, ambiental y político.
Para la analista, la combinación de petróleo, minerales y posición territorial convierte a Venezuela en un punto de alta relevancia dentro de la confrontación global por los recursos naturales. “La importancia de Venezuela no es únicamente petrolera. Está relacionada con su ubicación, sus rutas marítimas, el sistema Orinoco y la disponibilidad de recursos estratégicos”, planteó.
El Orinoco como eje continental
La conferencia también puso el foco sobre el valor geopolítico del sistema fluvial venezolano. Escarrá Gil retomó una frase atribuida a sectores del poder británico: “Quien tenga el control del Orinoco tiene el control hasta la Patagonia”.
Más allá de la carga histórica de esa afirmación, el planteamiento apunta a la importancia de las grandes cuencas hidrográficas sudamericanas. El eje Orinoco-Amazonas-Plata ha sido estudiado como una posible columna de integración territorial, comercial y logística del continente.
El control o la interconexión de esas vías permitiría ampliar capacidades de transporte, comercio y conexión entre el norte de Suramérica, la Amazonía, la cuenca del Plata y el extremo sur continental. Sin embargo, ese potencial convive con graves tensiones: degradación ambiental, minería ilegal, deforestación, vulnerabilidad de pueblos indígenas y ausencia de infraestructura sostenible en amplias zonas fronterizas.
La disputa no es solamente por extraer recursos, sino por definir quién controla las rutas, los puertos, los corredores logísticos y las condiciones bajo las cuales se explotan territorios de alto valor estratégico.
De las Siete Hermanas al control energético
La politóloga vinculó la situación venezolana con la historia del petróleo y la concentración corporativa que dominó el mercado mundial durante buena parte del siglo XX.
El término “Las Siete Hermanas” fue acuñado por el empresario italiano Enrico Mattei para identificar a las grandes compañías que controlaban la extracción, refinación, transporte y distribución de petróleo fuera de Estados Unidos y la Unión Soviética.
El grupo incluía a Standard Oil of New Jersey (posteriormente Exxon), Standard Oil of New York (Mobil), Standard Oil of California (Chevron), Gulf Oil, Texaco, Royal Dutch Shell y Anglo-Iranian Oil Company, luego British Petroleum.
El origen de ese poder se remonta a la expansión de Standard Oil, fundada por John D. Rockefeller, que llegó a dominar buena parte de la refinación petrolera estadounidense. En 1911, la Corte Suprema de Estados Unidos ordenó la fragmentación del conglomerado bajo normas antimonopolio, pero varias de las empresas surgidas de esa división mantuvieron un peso decisivo en el negocio energético global.
La expansión del motor de combustión y la militarización del petróleo consolidaron el carácter estratégico del crudo. A comienzos del siglo XX, Gran Bretaña impulsó el aseguramiento de fuentes de abastecimiento para su flota y fortaleció su presencia en el negocio petrolero de Medio Oriente.
Ese antecedente ayuda a explicar por qué el petróleo venezolano continúa siendo parte de una disputa que rebasa el plano comercial. La energía ha sido, históricamente, una herramienta de poder estatal, financiero y militar.
OPEP, sanciones y licencias
Escarrá Gil sostuvo que Venezuela ha sido objeto de presiones internacionales por su papel histórico en la creación de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, OPEP, fundada en 1960 junto con Irak, Irán, Kuwait y Arabia Saudita.
La organización surgió como respuesta al dominio de las grandes petroleras sobre los precios y las condiciones de producción. Para los países productores, la OPEP representó un intento de recuperar capacidad de decisión sobre un recurso que durante décadas estuvo subordinado a intereses externos.
La analista afirmó que Washington ha buscado debilitar a la OPEP y limitar la capacidad venezolana de convertir sus reservas en influencia internacional. En ese marco, cuestionó el impacto de las sanciones sobre funcionarios, instituciones y sectores económicos del país.
Durante la actividad se planteó que las medidas coercitivas unilaterales no han desaparecido, aunque se hayan emitido licencias específicas para determinadas operaciones. Las licencias, señaló, son temporales, condicionadas y no equivalen a un levantamiento integral de las restricciones.
“Las licencias son específicas y tienen un tiempo determinado. No significan que hayan sido eliminadas las medidas coercitivas unilaterales”, señaló la ponente.
La diferencia resulta central en el debate venezolano. Mientras las autoridades presentan las sanciones como mecanismos de guerra económica que restringen ingresos, financiamiento, comercio y operaciones petroleras, Estados Unidos sostiene que sus medidas buscan presionar cambios políticos y están dirigidas contra funcionarios, entidades o actividades determinadas.
En la práctica, las restricciones han elevado los costos financieros, operativos y comerciales de la industria petrolera venezolana profundizando la incertidumbre para los inversionistas y compradores, además de tener un impacto negativo directo en la población que viola flagrantemente los derechos humanos.
Un mundo en reordenamiento
La conferencia situó el caso venezolano dentro de una crisis más amplia: el declive relativo de la hegemonía estadounidense, el ascenso de nuevos polos de poder, la guerra en Ucrania, la expansión de los Brics, las tensiones entre China y Estados Unidos y la disputa por la transición energética.
Escarrá Gil describió una “crisis civilizatoria” atravesada por la pandemia, la crisis climática, el deterioro de las instituciones multilaterales, la desigualdad global, la guerra informativa y el crecimiento de expresiones autoritarias y de extrema derecha en distintas regiones.
En ese escenario, Venezuela intenta sostener alianzas políticas y comerciales con países como China, Rusia, Irán y otras naciones que cuestionan el orden internacional liderado por Washington.
Sin embargo, esa estrategia enfrenta límites internos: deterioro de la capacidad petrolera, necesidad de inversión, dependencia de licencias y mercados externos, impactos de la migración y una economía aún marcada por años de contracción.
La disputa por Venezuela, por tanto, no se reduce a un conflicto diplomático bilateral, involucra petróleo, minerales críticos, rutas marítimas, soberanía sobre los recursos, acceso a financiamiento, control territorial y la pugna entre un orden unipolar en retroceso y una multipolaridad todavía incompleta.
En medio de ese reordenamiento, el país conserva recursos que lo hacen relevante, pero enfrenta el desafío de transformar esa riqueza potencial en desarrollo, capacidad productiva y bienestar social sin profundizar la dependencia extractivista.
CARMEN ADRIANA DAZA / CIUDAD CCS
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