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Aquí les cuento | Palo a pique

Por Aquiles Silva

06/11/2026.- 

- ¿A qué hora me dijo usted que sería la reunión profesor?

- ¡Fue convocada para las seis de las cuatro de la tarde! Pero me iré a medio día, para aprovechar tomar el almuerzo, ¡en uno de los restaurantes de la carretera que hay en Pariaguan!

- ¡No vaya venirse muy tarde; mire que esa carretera es muy peligrosa y salen muchos muertos! ¡No se le ocurra detenerse a recoger a nadie que le pida la cola! ¡Mucho menos si es de noche!

- ¿Por qué no me acompañas y hacemos el viaje juntos?

- ¡No mi profe, hoy tengo clases y estoy finalizando el proyecto!

- ¡Bien! ¡Nos vemos entonces a la vuelta, o cuando visite tu aldea universitaria!

Ese carrito blanco que recorría el estado, por todos sus pueblos y caseríos, siempre esperaba ser abordado por el solitario conductor, quien tomaba de los eventuales pasajeros que levantaba en la carretera, los relatos de su vida para nutrir su carpeta de cuentos.

A las doce del mediodía, bajo el radiante sol oriental tomé rumbo a Pariaguan.

Faltando unos pocos  kilómetros para llegar a Pariaguan un enjambre migrante de abejas chocó contra la ventana derecha y el parabrisas, del pequeño auto que conducía; siguiendo su ruidoso vuelo hacia la llanura que sostiene las torres de electricidad. Afortunadamente el vidrio estaba cerrado.

 A la una y media de la tarde ya estacionaba en uno de los comederos de la carretera que sirve a los muchos conductores de gandolas, trabajadores y viajeros, de todos lados, que se detienen a comer: Carne asada, en vara, que ofrecen por kilos; con contorno de palo a pique y ensalada.

Al estacionar el auto y descender, acudí al concurrido comedor de carretera.

Un hombre, vestido a la usanza de los nuevos llaneros (Sombrero tejano, camisa manga larga a cuadros, pantalón de jeans, cinturón de gran hebilla plateada, y botas vaqueras) se acercó a la mesa a tomar la orden del almuerzo.

- ¡Sírvame en plato rebosado de palo a pique! ¡Otro de ensalada y tostones!

- ¿Y carne en vara? -inquirió extrañado-

- ¡No mi compadre! ¡Solamente palo a pique!

El joven anfitrión se dirigió al mostrador con una sonrisa entre pícara y sorprendida.

 En pocos minutos ya estaba disfrutando de aquella abundante vianda pariaguanera…

La reunión acostumbrada, con los profesores de la misión educativa, transcurrió animada y productiva. Todas las expectativas, de incorporación y seguimiento de los estudiantes y profesores, habían coronado exitosamente; la primera cohorte del proyecto universitario municipalizado.

Eran las seis y veinte minutos cuando culminó la reunión. Luego de las despedidas, enrumbé hacia la carretera nacional que conduce a El Tigre. Eran las seis y treinta de la tarde.

A moderada velocidad avanzaba, con los recuerdos frescos de los educadores reunidos, y el vigorizante almuerzo tomado al llegar a la ciudad llanera.

 La lenta marcha y la música, desde el reproductor de compactos, acompañaba el fresco viaje, por aquella carretera que recibía la gris penumbra del ocaso.

A la derecha se miraban las torres que sostienen, como gigantes con los brazos extendidos, los cables procedentes de Guri que energizan el oriente y centro del país.

Eran las siete y trece minutos de la noche cuando apareció, saliendo de la parte posterior de una casa de bloques rojos, sin friso; cercana a uno de los férreos gigantes de la electricidad, una joven mujer, con una criatura envuelta en una manta.

Hizo una señal, solicitando el acostumbrado aventón de los viajeros que carecen de medio particular para trasladarse.

Detuve la marcha a unos cuarenta metros y retrocedí, hasta llegar a su lado.

La mujer frisaba los treinta años, y la criatura en sus brazos permanecía dormida.

Solicitó cordialmente “la colita” hasta El tigre.

Con un gesto de asentimiento ingresó al auto.

- ¡Buenas noches! ¡Muchas gracias! Expresó y se mantuvo en silencio, los siguientes siete minutos.

- ¿Qué día es hoy señor?

-¡Hoy es martes trece de noviembre del año 2018!

 - ¡Ayyy! ¡Caramba! ¡Cómo ha pasado el tiempo! ¡Tantos años!

No hice comentario.  Levanté los hombros, con interna sorna ¿Tanto tiempo? Pensé.

Seguimos avanzando por la carretera. Y ella comentó:

-debo ir al hospital del Campo Oficina, para que atiendan a mi niño, que lo picaron algunas avispas. Pero eso será mañana temprano. Ya vamos llegando. Me quedaré por aquí, donde están las primeras casas.

-¡Por aquí señor! ¡Es hacia allá donde vivo!

Detuve el auto, y efectivamente, a la derecha de la carretera, aun distancia de cien metros, a lo sumo, se observaban dos postes de alumbrado público, con bombillos incandescentes, y debajo un conjunto de casas, que no superaban la decena de viviendas.

La mujer descendió, hizo un ademán de agradecimiento inclinando su cabeza, cuya cabellera posaba sobre la manta que envolvía al niño, y comenzó a caminar, entre la penumbra hacia el espacio iluminado.

Al levantarme la mañana siguiente, después de tomar un desayuno en el mercado, me dirigí a la estación de servicio, a equipar combustible par el regreso a Puerto La Cruz.

Hice un giro, a la altura del lugar donde había dejado a la eventual pasajera. Y allí, en ese espacio, no había, ni una sola casa, ni un camino ni un par de postes del alumbrado público, con un par de bombillos incandescente.