Caracas 08, de Junio de 2026
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Desde afuera|Christian Castro Silva: "Venezuela tiene voluntad de vivir, pese...

a las adversidades"

Por María Eugenia Acero Colomine

@mariacolomine


El poeta peruano admira el ímpetu y la intensidad del pueblo venezolano.


08/07/2016.- Al doctor, editor y poeta Christian Castro Silva, la palabra lo ha llevado a recorrer el mundo. Un joven que no para de publicar relatos y poemas propios y ajenos se ha hecho del libro como causa de vida y despertar de la conciencia. Este joven autor ha venido numerosas veces a nuestro país, con un mensaje de unión entre Perú y Venezuela, incluso en los momentos más turbios, cuando la migración venezolana estaba sufriendo atropellos en su país. Este muchacho sensible y trabajador porta consigo parte del sueño bolivariano de la patria grande, y lo manifiesta en su palabra, en la solidaridad de su editorial CCS Comunica y en sus imparables viajes por la región. Conozcamos cómo el poeta peruano Christian Castro Silva nos ve desde afuera.

—Cómo ha sido tu relación con Venezuela.

—Mi relación con Venezuela ha sido profundamente humana y cultural. Siempre sentí que Venezuela me abrió las puertas con muchísimo cariño, respeto y sensibilidad hacia mi trabajo literario. Desde mis primeras participaciones en encuentros poéticos y culturales en Caracas, descubrí un país lleno de personas apasionadas por la poesía, la literatura y el arte.

Venezuela también me permitió comprender mejor el sufrimiento y la resistencia de los pueblos. Muchas conversaciones con jóvenes, estudiantes, escritores y ciudadanos venezolanos me dejaron reflexiones muy profundas sobre la esperanza, la migración, la identidad y la lucha diaria por mantener viva la cultura, aun en tiempos difíciles.

Yo no veo a Venezuela solamente como un país que visité por motivos culturales. La veo como una tierra hermana del Perú, una nación con heridas, pero también con una enorme dignidad humana y artística. Siempre guardaré gratitud por el cariño que me dieron los venezolanos.

—¿Qué fue lo primero que sentiste cuando llegaste a Venezuela?

—Lo primero que sentí cuando llegué a Venezuela fue una mezcla muy fuerte de emoción, curiosidad y nostalgia latinoamericana. Recuerdo que, mientras avanzaba por Caracas, sentía que estaba entrando a un país que, pese a todas las dificultades que ha vivido, todavía conserva una enorme sensibilidad humana y cultural.

Me impactó mucho la calidez de la gente. Desde el aeropuerto hasta los eventos literarios, encontré personas que me hablaban con afecto, como si ya me conocieran a través de mis libros o mis poemas. Eso me conmovió bastante, porque uno, como escritor, muchas veces escribe desde la soledad, y llegar a otro país y sentir ese abrazo humano es algo difícil de explicar.

—¿Qué es lo que más te gusta, y lo que menos, de Venezuela?

—Lo que más me gusta de Venezuela es su gente. El venezolano tiene una calidez humana muy especial. He conocido personas extremadamente solidarias, emocionales y generosas, incluso en medio de situaciones difíciles. Me impresionó mucho cómo, a pesar de la crisis, la gente todavía conserva la capacidad de sonreír, conversar de poesía, compartir comida, hablar de música y hacerte sentir en casa.

Otra cosa que me gusta mucho es la fuerza emocional del venezolano. Siento que es un pueblo que ama intensamente: ama su música, sus recuerdos, sus familias, sus barrios y sus afectos. Hay mucha nostalgia en Venezuela, pero también mucha dignidad.

Y lo que menos me gusta es el dolor social que atraviesa el país. Me golpeó ver la tristeza de muchas familias separadas por la migración, jóvenes con incertidumbre sobre su futuro y personas que sienten que han perdido años importantes de sus vidas debido a la situación política y económica.

Pero, incluso diciendo eso, nunca sentí un país derrotado. Al contrario, sentí un país herido, sí, pero con una enorme voluntad de seguir viviendo. Y eso me dejó una profunda admiración por Venezuela y por su gente.

—¿Qué tiene Venezuela que no tiene Perú, y qué tiene Perú que no tiene Venezuela?

—Venezuela tiene algo que me conmovió profundamente desde que llegué: una capacidad increíble de abrazarte emocionalmente. El venezolano tiene una forma muy cálida de hacerte sentir parte de su vida, incluso si recién te conoce. Hay una sensibilidad humana, una intensidad afectiva y una manera de conversar que te hacen sentir acompañado. En Venezuela sentí mucho el corazón latinoamericano latiendo desde la emoción. A veces uno llega como visitante y termina sintiéndose familia.

Y Perú tiene algo distinto, pero igualmente hermoso: tiene una melancolía ancestral. El Perú carga siglos de historia, silencios, culturas antiguas y una profundidad emocional que muchas veces no se dice con palabras, sino con miradas, canciones o recuerdos. El peruano quizá no siempre expresa el cariño tan rápido como el venezolano, pero cuando te entrega su confianza, lo hace desde el alma.

Creo que Venezuela me enseñó la calidez inmediata del abrazo humano, mientras que Perú me enseñó la profundidad silenciosa de la memoria y la nostalgia.

A veces pienso que Venezuela tiene la intensidad del fuego y Perú, la profundidad de la tierra. Y ambas cosas son necesarias para que exista la vida.

—¿Cómo sientes que ha sido la relación literaria entre Perú y Venezuela?

—Siento que la relación literaria entre Perú y Venezuela ha sido mucho más profunda de lo que a veces se reconoce en público. Culturalmente, ambos países han compartido durante décadas una sensibilidad latinoamericana muy parecida: la preocupación por la injusticia social, el amor por la poesía, la memoria de los barrios populares, la migración, la nostalgia y, también, la esperanza.

Yo siento que ambos países se entienden desde el dolor y desde la belleza. La literatura peruana muchas veces nace desde la herida silenciosa, desde la memoria histórica y la melancolía, mientras que la venezolana tiene una intensidad emocional muy fuerte, muy viva, muy cercana a la oralidad y al sentimiento colectivo. Y cuando esas dos sensibilidades se encuentran, sucede algo muy hermoso.

También creo que la migración venezolana hacia el Perú cambió culturalmente muchas cosas. Más allá de los problemas o tensiones sociales que pueden existir, la literatura y el arte han permitido que ambos pueblos se conozcan mejor. Hoy hay poetas venezolanos que viven en Lima, músicos venezolanos que comparten escenarios con artistas peruanos, editoriales independientes colaborando y jóvenes lectores mezclando influencias de ambos países. Eso es algo muy valioso.

—¿Qué has aprendido de Venezuela y qué sientes que Perú puede enseñarnos?

He aprendido de Venezuela una lección profundamente humana: que la sensibilidad puede sobrevivir incluso en medio de la adversidad más dura. Venezuela me ha enseñado que un pueblo puede estar herido, pero no perder su capacidad de abrazar, de crear arte, de emocionarse con la poesía, de sostener la esperanza en la conversación cotidiana. En cada encuentro que tuve allá, sentí que la palabra "resistencia" no era solo política o social, sino también emocional y cultural. Aprendí que la literatura, en Venezuela, muchas veces no es un lujo, sino una forma de mantenerse en pie.

También aprendí algo muy importante: que el dolor compartido puede unir a los pueblos latinoamericanos. Cuando uno escucha las historias de migración, de separación familiar, de lucha por empezar de nuevo, entiende que Venezuela no es un país ajeno, sino parte de una misma historia continental. Eso me hizo mirar con más empatía no solo a Venezuela, sino a toda nuestra región.

Si Venezuela me enseñó la intensidad del sentir inmediato, Perú me enseñó la profundidad de lo que permanece en el tiempo. Uno es fuego que abraza rápido; el otro es tierra que sostiene y guarda.

—¿Cómo ves la Revolución Bolivariana hoy en día?

Cuando hablo de la Revolución Bolivariana y de la Venezuela contemporánea, intento hacerlo desde una mirada más humana que ideológica.

He visto que es un proceso que despierta lecturas muy distintas: para algunos representa un intento histórico de transformación social y de inclusión de sectores que antes habían sido invisibilizados; para otros, es un período marcado por contradicciones, crisis económicas y tensiones políticas muy profundas. Y ambas percepciones existen al mismo tiempo en la misma sociedad venezolana, en la misma calle, incluso dentro de una misma familia.

Lo que a mí más me interesa como escritor no es reducir Venezuela a un debate político, sino comprender lo que ese proceso ha significado en la vida cotidiana de la gente: cómo ha cambiado su forma de vivir, de migrar, de resistir, de soñar, y también de sufrir.

Respecto a la presencia de potencias extranjeras, incluido Estados Unidos, creo que cualquier intervención o presión externa sobre un país latinoamericano debe ser observada con mucha cautela. Nuestra región tiene una historia larga de tensiones geopolíticas y eso siempre termina teniendo impacto directo en la vida de las personas comunes: en la comida, en el trabajo, en la educación, en la posibilidad de futuro. Por eso, más allá de bandos, lo que me preocupa es siempre el costo humano.

Como latinoamericano, siento que los países deberían tener el derecho de resolver sus propios caminos con la menor injerencia posible, porque cada pueblo conoce su propia historia de heridas, desigualdades y esperanzas.

—¿Qué recomendaciones nos puedes dar a los venezolanos como poeta peruano?

Si tuviera que hablarles a los venezolanos desde la sensibilidad de un poeta peruano, no lo haría desde la superioridad ni desde la distancia, sino desde el respeto profundo que uno siente cuando ha sido tocado por la historia de otro pueblo.

Lo primero que me nace decirles es que no dejen de cuidar su capacidad de sentir. En tiempos difíciles, lo más peligroso no es solo la crisis material, sino el endurecimiento del corazón. Venezuela tiene algo muy valioso: su gente sigue hablando de amor, de música, de humor y de poesía, incluso en medio de la incertidumbre. No pierdan eso, porque cuando un pueblo conserva su sensibilidad, ya está resistiendo de una forma muy poderosa.

Como poeta, creo mucho en la palabra como refugio. Les diría que escriban, que hablen, que canten lo que sienten, aunque sea en silencio o en una libreta guardada. La palabra es una forma de no desaparecer interiormente.

Y algo muy importante: no pierdan la capacidad de reconocerse entre ustedes como hermanos, incluso en medio de las diferencias. Los pueblos no se sostienen solo con ideas políticas, sino con afectos cotidianos, con solidaridad, con pequeños gestos humanos que sostienen la vida diaria.

Si algo puedo desearles es que nunca pierdan la dignidad de su sensibilidad. Porque cuando un pueblo sigue sintiendo, sigue creando. Y mientras sigue creando, nunca desaparece.

—¿Qué mensaje puedes darles a nuestros lectores?

—A los lectores latinoamericanos les diría, desde lo más profundo de mi sensibilidad como escritor, que no dejen de leer su propia realidad. América Latina no es solo un territorio geográfico; es una suma de historias que duelen, que resisten, y que también florecen con una belleza muy particular.

Y algo que me parece esencial: no dejen que nadie les quite la sensibilidad. En un mundo que muchas veces empuja a la indiferencia, seguir siendo sensibles es un acto de valentía. Leer, escribir, emocionarse con una historia, llorar con un poema o reconocerse en un personaje, todo eso nos mantiene humanos.

Si la literatura sirve para algo, es para recordarnos que no estamos solos. Y en América Latina, donde la vida es intensa, contradictoria y profundamente humana, esa certeza vale todavía más.

Por eso, mi mensaje final es simple: sigan leyendo, sigan sintiendo y sigan contando sus propias historias. Porque mientras nuestras historias sigan vivas, también lo estará nuestra identidad.

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