Caracas, 12 de junio 2026
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Letra fría | ¡Ponte la peluca, Christine!

Por Humberto Márquez 


12/06/2026.- Recrear unas memorias, como estas que me he propuesto reseñar, es un juego de intuiciones, ese ir y venir como en el cine, buscarle el bolero a la historia; en eso, ¡las historias de amor nunca fallan!, pero si ya sabíamos tanto de la novia afortunada, teníamos que emparejar con el muchacho, y por eso apareció el joven Alberto, y por ahí nos fuimos por los viajes, esa otra parte de la lírica Vollmer, que siempre estará presente, y cuando vine a ver, estaba en el crucero por el Mediterráneo, de una luna de miel que había comenzado en Europa —que incluyó ya en América—, viaje en tren hasta Redlands en California, luego pasaron el Año Nuevo del 62 en Palm Beach, hasta llegar a Venezuela, y lo que parecía no ser fácil, fluyó como si la joven Christine estuviera destinada a hacer buenas migas, con eso de ser venezolana. El amor podía más que cualquier barrerita cultural.

Para empezar, hizo liga con dos buenas amigas, Carolina Herrera de Picón, hija de Reinaldo, y Mimí, a quien había conocido en Nueva York; y Alicia Ramírez de Herrera, esposa de Jorge Herrera. Con el resto de sus amigos de infancia y juventud no fue tan fluido; se habían casado los amigos de Alberto a sus 20 años, y ya él iba por 33 años invicto, por lo que la diferencia de edad con Christine, de las, siendo aún jóvenes esposas, no era que ayudara mucho. Tampoco es que ella era perita en dulce, no por carácter, sino por ascendencia, hija de madre inglesa, Rosa Gordon, pintora por demás señas, y de padre francés, el conde de Marcellus, antropólogo y demógrafo, y ella, en sí misma, era californiana, de la misma tierra que habitó el legendario alguacil y pistolero del Lejano Oeste, Wyatt Earp, famoso por el tiroteo de 1881, en O.K. Corral en Tombstone, Arizona, enfrentando a una banda de canallas junto a su amigo Doc Holliday.

Sin ningún tipo de determinismo étnico, la aprehensión era por nosotros, un país caribeño, alborotado y en jolgorio permanente, pero nada que no resolviera una suegra orgullosa, que a la semana de haber llegado hizo un coctel, al que fue toda Caracas. Después, Luis Beltrán González, aquel presidente de Corpa que apareció en el Oak Room del hotel Plaza en Nueva York, en tiempos de la conquista de la primera república, en el condado de Marcellus, organizó una cena a la que fue del cardenal para abajo, a quien sentó con Pedro Tinoco. Allí ocurrió la bienvenida tropical de la ya señora Christine de Vollmer, en aquella cena de jardín, sin toldos, y le cayó un mango en la cabeza. ¡Por fortuna, no se hizo daño! Dijo el memorioso Vollmer: "No haría falta ser supersticioso para sentir que fue un ungido, una silva de la zona tórrida, para la ya adorada Christine".

Sin embargo, no todo era fácil en este divino país de piñatas, con madres representadas por niñeras, en la que ella era única mamá, para no hablar de las misas, de los hombres parados atrás de la iglesia y las esposas arrodilladas en los bancos de adelante; la otra fue la ‘aburridera’ de los cocteles sociales, los hombres por un lado para hablar de sus asuntos, y las mujeres al otro extremo cuchicheando. Un día, cuenta Alberto, ya casados, estábamos en un coctel y la pasó muy entretenida. Después me contó que se había sentido muy bien. Que al principio notó algo diferente, que había algo en la conversación que le parecía muy interesante. Luego se dio cuenta de que se había quedado junto a mí en el grupo de los hombres. ¡Nos reímos a carcajadas!

¡A todas estas, todo iba muy bien! Pero había un problema, aunque para ella era una maravilla, porque aquí pocos andamos pendientes de la hora. El tema de la puntualidad, que en Venezuela es una historia recurrente, hasta tanto hay tablas de traducción. ¡Ahora mismo puede durar horas! En un rato, puede ser una semana, y así por el estilo. Pero el problema es que Alberto era y es de puntualidad diplomática. ¡Y ahí empezó Cristo a padecer! Llegar tarde a una cena lo ponía de mal humor. Y ella, pendiente de complacerlo y acabar ese ruido de la hermosa relación, inventó un regalo gratificante para Alberto. "Ahora voy a ser puntual por siempre".

Y así fue, cada vez que había una cena, ella pasaba la tarde en la peluquería haciéndose los grandes bouffants de moda por la época, hasta que encargó una peluca y más nunca llegaron tarde. De tal manera que, cuando iban a salir, él solo tenía que decir: ¡Ponte la peluca, Christine! “Y zaz, era perfecto, ¡salíamos de inmediato!