Psicosoma | Nunca más o siempre el paraíso: danza la muerte, la vida
Por Rosa Anca
Morir cada día un poco más / recortarse las uñas / el pelo / los deseos / aprender a pensar en lo pequeño / y en lo inmenso / en las estrellas más lejanas / e inmóviles / en el cielo / manchado como un animal que huye / en el cielo / espantado por mí.
Blanca Varela
07/07/2026.- Ante el discurrir de los días, todo evento muta, diluye y se cuenta, se recuerda bajo las circunstancias vividas o percibidas según cada proceso emocional, historias de vida que están en continua reelaboración; memorias tejen y destejen con fracturas, secuelas, una mina imparable de preciosas tristes imágenes.
El proceso de reconstrucción de las memorias es paulatino e imborrable, e incluso muchos no aceptan el duelo y, en la búsqueda de familiares desaparecidos en cataclismos, guerras, secuestros, en fin, enterrar a sus muertos les brinda cierta calma y casi nunca el olvido.
En principio, la escucha de todas las voces de sobrevivientes es el pilar fundamental para la futura reconstrucción mental del piso cognitivo y conductual. Mientras más temprano se les apoye con psicoterapias a las familias y a la par se les brinde apoyo en el campo de reconstrucción material y de alimentación, se podrían evitar efectos colaterales como la violencia intrafamiliar en la niñez vulnerable o en mujeres.
El dolor y sufrimiento ante las pérdidas físicas es irreparable y cada situación familiar es el "fin del mundo" para ese individuo o grupo. Nada les devolverá a los suyos, es cierto, pero la vida y la muerte, al verse como continuidad sin excluir al ser amado, posibilitan una nueva existencia o una forma distinta de "vivir" con ese dolor; es la honra a las memorias de los que partieron primero, "al viaje" con retorno diario al tener presentes sus enseñanzas, cuidados, consejos; nada compartido se pierde y más bien nuestros muertos cuentan sus vivencias, nada cicatriza, es una forma de vida distinta que tarda en alquimizar luego la luz con más fuerza y así hemos resurgido de las cenizas, del fuego, más inmortales, más tenaces, con el solo gran propósito de amar la vida.
Sabemos que nacemos para morir y las circunstancias, entornos ambientales y sociales las acortan o prolongan y "siempre olvidamos" la efímera vida. La pasamos trabajando sin poder disfrutar la vida en sus atardeceres en medio del bosque, a la orilla del mar o con la familia o "los primeros pasos" del nieto o nieta. El posible paraíso está en cada uno como el infierno y muchas veces creemos que lo más importante es producir dinero para gastar y que la acumulación de bienes nos traerá resguardo o protección, como al construir viviendas en zonas vulnerables.
A un siglo, Venezuela no vivía esta catástrofe telúrica de dos terremotos continuos y, claro, sabíamos que en cualquier momento la tierra con sus placas tectónicas, tierra volcánica, océanos recalentados, la corriente del Niño, la Niña nos someterían, pero "olvidamos" y poco importa el cuido ambiental, el cambio climatológico que está siendo visible con ese calor en Europa, Estados Unidos; la desertificación, hambrunas, enfermedades ambientales, sequías; los gobiernos poderosos siguen a la conquista de territorios para invadir y saquear.
Para nadie es un secreto el cambio de milenio y ya todos los paradigmas cambian con involuciones en los derechos humanos, derecho internacional, porque la tecnología con los algoritmos y la inteligencia artificial generan asimetrías en todos los órdenes y se carece de los derechos cibernéticos, y en medio de la revolución tecnológica reina el que maneja esos medios e introduce el nuevo progreso de la barbarie, donde los humanos son tratados cual Homo sacer de Agamben, donde seleccionan a quienes deberían morir y eran los que carecían de todo, mientras en estos tiempos se donan masas por un plato de lentejas o un trozo de pan.
Las guerras asimétricas, el control mediático, cognitivo, mental, es una realidad como el odio, rencor, crueldad de una parte de la humanidad resentida, despreciada, que vive en supuestas vendetas o se autorrevoluciona, por no decir que se promociona a sí misma para estar en el mismo punto de creer que se hace mucho, y se enajena con actividades que le dan calma al inconsciente o últimas pólvoras; la ceguera mental o espíritu revanchista le quita el poco tiempo.
Estamos en medio de amenazas. Colegas y terapeutas psicosociales, siempre estamos sacudiendo el alma o espíritu para retomar el punto o hilo de fracturas. Hay muchas críticas en nuestro campo, como que nos la pasamos charlando y nunca les damos de alta; pero justo la psicoterapia parte del principio terapéutico de hablar, de contar, de soñar, de los miedos, alegrías.
No hay recetas en el proceso de autosanación y solo parte cuando la persona acepta la psicoterapia. Qué difícil es entender que las conversaciones íntimas o el hablar consigo mismo o tener el amigo o amiga invisible son herramientas únicas de mediar la sanación o posibilitan la vida más allá o el más acá de autopercibir, tejer la memoria, memorias del testigo, observador.
No se puede borrar, solo sustituir las imágenes, recuerdos, palabras, voces, lugares; son mudanzas del alma y cuerpo a solas, con la familia, o el recuerdo del amigo, familiar desaparecido, caído, rescatado o para nunca más verle físicamente, sabiendo que su cuerpo fue tragado, tapiado.
Hablar de la muerte es hablar de las vidas, pues así, como hay diferentes formas de vivir, de acuerdo al continente o cultura a que se pertenezca, hay mil y una formas de morir y nadie va a ser testigo de su muerte y menos poder contarlo. Somos los vivos que podemos decir algo según sus perspectivas.
Jacques Derrida nos habla en torno a la muerte y señala que la propia muerte es imposible de experimentar, ya que al morir dejamos de existir para constatarla. Afirma que hay tres conceptos claves para comprender: la muerte del "otro" (responsabilidad infinita); la experiencia de la muerte es siempre la de un ser amado.
Aporías y lo imposible: nuestra muerte es algo impensable y estructuralmente imposible de alcanzar. Deconstrucción de los límites: la vida y la muerte no son opuestos, sino que la muerte (como huella o resto) es lo que hace posible la vida misma.
En su obra Dar la muerte, Derrida analiza la muerte como un acto ético de responsabilidad y sacrificio.
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