Aquí les cuento | Rescatista I (2)
Por Aquiles Silva
Tu mano fue en aquel tiempo
continuación de la mía,
Sé que llorabas mi llanto
y gozabas mi alegría.
Jairo
Tu alma golondrina
(Canción)
24/07/2026.- Yo vengo de la promoción del 99 del cuerpo de bomberos voluntarios de la UCV. Hice mi carrera en Arquitectura. Tengo cincuenta años y tuve mi primera experiencia en el deslave de La Guaira. Ahí empecé como rescatista. Pero esto, mi hermano, es enormemente terrible.
Puedo asegurarte que ninguno de nosotros, los que estamos empeñados en ver florecer la vida bajo los escombros de La Guaira, tenemos interés en que se nos hagan reconocimientos, ni que nuestros nombres estén en placas, en pergaminos o en ningún otro soporte que signifique masajearnos el ego individual.
Somos un colectivo de humanidad, donde mujeres y hombres procedentes de todos los pueblos de Venezuela, y quienes han venido, respondiendo al impulso de sus corazones, de otros países, estamos aquí. Con las manos rotas y dejando lágrimas y sudor sobre las pesadas losas que aplastan las sonrisas de nuestros hermanos y hermanas sacrificados por el terremoto.
Hay que estar aquí para experimentarlo: la lluvia de felicidad que sentimos ante cada niño, niña o adulto que rescatamos con vida, quienes, a pesar del sufrimiento, nos regalan una sonrisa semejante al despliegue de las flores cuando reciben la luz del sol.
Llegamos, al fin llegamos hasta ellos. Al salvar a una persona, de inmediato recibimos una inyección de energía que supera cualquier fatiga y que nos impulsa a seguir buscando, a seguir moviendo escombros en esa lucha contra el tiempo y todas las adversidades.
Todo nuestro pueblo se ha volcado a ayudar: autoridades, bomberos, militares, policías, milicianos, personal de Protección Civil, el Ejército y tantas otras instituciones y voluntariados de todo tipo.
Es un caso especial el de las vecinas y los hombres que hacen y reparten la comida y el agua, quienes te dan un abrazo, limpian el polvo de tu frente y te dicen: "Arriba, chamo" o "¡Dale, papá! ¡Aquí estamos contigo!".
"Hermano, compa, panita, papá, papita, broder, güey, mae, tío, cabrón..." y otras tantas voces con que nos llamamos los hermanos del mundo que hemos coincidido en La Guaira para dar nuestra mano, que no es otra que la más grande manifestación de amor que puede observarse y cuya ponderación supera con creces cualquier ofrenda.
Puedo decirte que la vida de todos los rescatistas y colaboradores, tanto oficiales como voluntarios, quedará marcada para siempre por este suceso que a todos nos conmueve. Significa, además, que los venezolanos todos somos hermanos, que permanecemos atentos para ofrecer nuestra ayuda hasta el límite de cualquier sacrificio personal cuando hay alguien que nos necesita en cualquier escenario, sin importar el rango de las dificultades.
Entre todo el sufrimiento colectivo, hay algo de poesía y amor que paso a contarte:
En el edificio Rita Mar rescaté una guitarra en buen estado, con sus grietas y cicatrices. Estuvo estas dos semanas bajo las inclemencias del sol y la lluvia que nos azotó a todos. Y la guitarra seguía bonita, tal cual...
Resulta que antier salgo del edificio y decido agarrar el instrumento. Luego regreso en la tarde y me encuentro a una señora, vecina de allí, y le pregunto a quién le pertenece. Me dice que es de un señor que se llama Giuseppe.
El señor vino de Italia casualmente cuatro días antes del terremoto. Era músico, le gustaba mucho la música. Total que yo le dije a ella: "Bueno, vamos a agarrar la guitarra y se la hacemos llegar a la señora de él".
La señora está viva, en el hospital Vargas, y tiene una lesión en la pierna. Quedamos en que íbamos a reparar la guitarra para entregársela a la viuda en algún momento. En un principio, lo que yo quería era entregársela a un músico, que no se quedara entre los escombros y se transformara en poesía.
De hecho, esa mañana me despedí de todos ellos cantándoles una canción de Mocedades que se llama ¿Quién te cantará?: "¿Quién te cantará con esa guitarra? / ¿Quién la hará sonar cuando no esté yo?". También la de Eros Ramazzotti, Las cosas que he visto; la de Nino Bravo, Un beso y una flor, y una de Pimpinela, El amor no se puede olvidar.
Me provocó cantar, y allí la guitarra, a pesar de mi dolor, me acompañó con su buen sonido y la atención, llena de nostálgica emoción, de los presentes.
Luego, un hijo del señor Giuseppe me escribió desde Italia porque hicieron un video ahí. Él dice que esa guitarra todavía tiene un gran valor porque la abuela se la regaló a su papá.
Bueno, le entregué la guitarra a uno de los chamos del edificio, que la va a reparar y se la va a entregar a ellos para que puedan continuar con ese legado musical que tiene el instrumento.
Entonces, como muchas veces pasa, un objeto al que todos veían, pero nadie le paraba, desde ese día tiene una conexión conmigo. Y son conexiones que se te van dando. Por ejemplo, el primer día que llegué también me conecté con cada juguete que veía. Los abrazaba, porque era la única conexión que podía establecer con sus dueños.
Igual me pasó con la fotografía de un niño de seis años en su graduación de kínder. Me puse a llorar y abracé la foto. Luego mi soledad, que andaba conmigo, también lloraba.
Después busqué al mismo chamo a quien le entregué la guitarra, de nombre Manuel, y le pregunté si conocía al de la foto. Me dijo que sí y que se llama David, pero ya no es un niño. Tiene 19 años y juega para la Vinotinto. Me contó que está lesionado de la rodilla y que se salvó porque había salido un momentico con la novia a comprar en Farmatodo. Cuando iban regresando sucedió la catástrofe. Al llegar a su edificio estaban sacando a su mamá, que afortunadamente salió con vida.
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