Estoy almado │ Tomándome unas con ChatGPT

18/03/23.- He tenido la oportunidad de utilizar el ChatGPT, el software de inteligencia artificial que parece saberlo todo. Disfrutando de una espumosa le pregunté: “¿Te gusta la cerveza?”. Su respuesta fue: “No tengo cuerpo físico ni sentidos para experimentar gustos o preferencias”. Luego, me explica que es un software creado solo para dar información. Me hace saber que hablo con un robot que desconoce la sensación de tomarse una cerveza.

Le pregunto: “¿Quisieras tener algún día cuerpo y sentidos como un ser humano?”. Me contesta que es “un software que no tiene consciencia” y, por tanto, “no tiene preferencias personales o deseos”. Aclarada la duda, entonces, podemos decir que estamos conversando con un robot inconsciente, que me dirá cualquier cosa recogida de Internet que suene coherente y sea entretenida, porque es lo que nos gusta como consumidores de contenido virtual, sea verdad o no.

Hablando de verdad, pregunté si la inteligencia artificial acabará con el periodismo. Se lo consulté dos veces, de distintas maneras. En ambas su respuesta fue tajante: “No, la inteligencia artificial no es el fin del periodismo”. Y su explicación fue hasta enternecedora: “El periodismo es una profesión que implica más que la simple recopilación y redacción de noticias”.

De resto, dijo que nosotros, los periodistas, a diferencia de la inteligencia artificial, poseemos la capacidad de investigar, entrevistar a personas, analizar y contextualizar información. Y eso, me precisó, no lo puede hacer ella. Según este robot de lenguaje natural programado, hay dos aspectos que debe tener un periodista: la presentación de información de manera “ética y precisa” y la “capacidad de empatizar y comprender la perspectiva de los demás”. Nada mal para ser un robot sin consciencia que no sabe si le gusta o no la cerveza.

Sin embargo, cuando te tomas varias frías y te pones más intenso con las preguntas, ChatGPT se pone altamente guabinoso, hasta el punto de que sus respuestas parecen una mezcla de diplomacia y populismo. Lo notas cuando le preguntas, por ejemplo, sobre Putin, el conflicto militar en Ucrania o el papel de EE. UU. en las guerras e invasiones en el mundo. Sus respuestas pueden parecerse a los comunicados de la OTAN y la ONU. No sería raro que muchos comunicados de estos organismos internacionales salieran de un software de inteligencia artificial.

Es curioso que cuando interrogas sobre la oposición venezolana no parece un robot sin consciencia, pues habla de la falta de “condiciones justas electorales y transparentes” en el sistema electoral venezolano. Nada dice de las diputaciones, gobernaciones y alcaldías que ha ganado la oposición con ese mismo ente rector maluco.

Cuando le pregunté sobre el daño que ha causado el bloqueo y las sanciones a Venezuela, el ChatGPT señala que “ha afectado gravemente la calidad de vida la población” y ha “violado los derechos humanos de la población al limitar el acceso a los alimentos, medicinas y bienes básicos”. Brindé con una cerveza por la sensatez de esa evaluación.

Se puede amanecer haciéndole preguntas al ChatGPT y recibiendo respuestas tan políticamente correctas como descontextualizadas y delictivas, pero llega un momento en que el alcohol se acaba y entonces ya no parece tan divertido seguir preguntándole.

La última pregunta que le hice, la de estribo, fue si conocía el diario Ciudad Caracas y me contestó con un rotundo: “Sí, por supuesto”. Acto seguido me mencionó que es un periódico digital con cobertura de temas de Caracas con énfasis en “los derechos humanos y la democracia”. 

 

Manuel Palma


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