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Lecciones mundiales | La nueva ola del fascismo de hoy y la guerra

A la que lleva al mundo

Por Rodulfo H. Pérez H.

Los movimientos políticos que hoy estremecen a Estados Unidos son expresión de una crisis profunda generada por el capitalismo bajo la hegemonía del capital financiero y de las contradicciones que nacen de su propia expansión. Allí donde el capital busca nuevos espacios para acumular, aparece también la disputa por los mercados, los recursos y los territorios, y con ella la lucha entre las clases y entre las potencias que pretenden dominar el mundo.

El siglo XX y lo que va del XXI muestran una historia atravesada por una paradoja: mientras el capital ha llevado la explotación del trabajo y de los recursos de los pueblos a dimensiones extraordinarias, esos mismos procesos han generado resistencia. Los trabajadores, los pueblos colonizados y las fuerzas populares han contenido al capital, arrancado conquistas y, en determinados momentos, transformado la correlación de fuerzas.

Lenin llamó imperialismo a una etapa del capitalismo marcada por la concentración del capital, el predominio de los monopolios y la disputa por mercados, territorios y materias primas. Desde entonces, la historia puede leerse también como la historia de esas contradicciones: capital contra trabajo, capital contra capital y Estados enfrentados por los intereses que representan.

La Primera Guerra Mundial fue una de sus grandes expresiones. De sus ruinas surgió la Revolución bolchevique y, con ella, la posibilidad de que los trabajadores construyeran un poder propio. La respuesta de las clases dominantes no tardó: allí donde las revoluciones fueron derrotadas creció el fascismo, el nazismo y el franquismo, formas de reacción que convirtieron el nacionalismo y el anticomunismo en armas contra las fuerzas populares.

La Segunda Guerra Mundial llevó aquella contradicción hasta sus límites. La derrota del nazismo, en la que la Unión Soviética desempeñó un papel decisivo, y el posterior fortalecimiento del campo socialista y de las luchas anticoloniales modificaron profundamente el equilibrio mundial. El capitalismo occidental tuvo entonces que aceptar conquistas sociales que durante décadas habían parecido imposibles.

Pero ningún equilibrio permanece intacto. En los años setenta se quebraron las bases económicas del orden de posguerra. La crisis monetaria, la inflación, la crisis energética y la derrota estadounidense en Vietnam anunciaron un nuevo período. El neoliberalismo apareció como respuesta del capital: desregulación, privatización, liberalización y financiarización. El Estado social retrocedió y el trabajo perdió buena parte de la fuerza conquistada durante la posguerra.

Las políticas neoliberales desindustrializaron a Occidente, generando la migración de su manufactura e industria hacia China, la cual emprendía desde 1978 una apertura económica combinada con planificación estatal, industrialización y desarrollo científico y tecnológico. El resultado fue una transformación histórica de la división internacional del trabajo. China se convirtió en una potencia industrial y tecnológica, mientras numerosas regiones de Estados Unidos y Europa conocían la desindustrialización, el desempleo y el deterioro social.

De esas ruinas nació también un nuevo malestar. Una parte de las clases trabajadoras, en lugar de dirigir su descontento contra las estructuras que habían producido la desigualdad, fue conducida hacia el nacionalismo, el anticomunismo y la búsqueda de enemigos. Allí reside una de las raíces de la nueva ola fascista: convertir la frustración social producida por la crisis del capitalismo en una fuerza que termine defendiendo al propio sistema que la originó.

Estados Unidos enfrenta hoy una pérdida relativa de hegemonía. China crece como potencia industrial, científica y tecnológica; Rusia conserva una enorme capacidad estratégica; y otros pueblos buscan ampliar sus márgenes de soberanía. La disputa ya no es solamente comercial: comprende energía, minerales estratégicos, inteligencia artificial, tecnología, finanzas y poder militar.

En este escenario, la guerra vuelve a aparecer como una posibilidad. Y con ella aparece también el fascismo como una de las respuestas que el capital puede utilizar cuando sus contradicciones se agudizan y su hegemonía comienza a resquebrajarse.

El peligro es inmenso. Las armas nucleares y las nuevas tecnologías militares han llevado la capacidad de destrucción a una escala capaz de comprometer la existencia misma de la humanidad.

Pero la historia no está escrita. Los mismos pueblos que enfrentaron al imperialismo, derrotaron al fascismo, conquistaron derechos y rompieron cadenas coloniales conservan la capacidad de impedir una nueva catástrofe.

El dilema de nuestro tiempo es entre un mundo que pretende resolver sus contradicciones mediante la dominación, el fascismo y la guerra, y otro que aspira a resolverlas mediante la soberanía de los pueblos, la cooperación y la emancipación humana. El imperialismo produce sus propias contradicciones y en ellas, precisamente en ellas, también nacen las fuerzas capaces de superarlo.