Contraplano | Un homenaje a uno de nuestros grandes del cine

27/07/2024.- Hace dos semanas escribí sobre la película venezolana de Román Chalbaud Pandemonium, la capital del infierno (1997). Si bien el artículo, en su mayoría, estaba dedicado al filme, también llegué a hablar, en un pequeño espacio, sobre su guionista, David Suárez (1955-1995). No obstante, y tal y como me lo hicieron saber unos amigos y referentes a quienes les tengo en alta estima, esas pocas palabras no le hacían justicia a uno de los más grandes guionistas de nuestro país. Por ello, quisiera que esta entrega fuese una suerte de homenaje a Suárez, a su original obra y casi desapercibido legado.

En 2019, mientras yo cursaba un taller sobre guion de cine, un amigo me preguntó si en clase llegaron a comentar sobre el guionista venezolano David Suárez. Le respondí que no y él me instó a que, de alguna forma y antes de terminar el curso, sacara a relucir en alguna sesión a este particular artista. En la conversación, le confesé que no conocía a ese escritor y mucho menos había visto alguna película de él.

Ante mi desconocimiento, comencé a indagar más en internet sobre la vida y obra de Suárez. A medida que iba encontrando nueva información sobre él —tarea nada fácil sobre alguien casi olvidado tanto por el gremio como por sus autoridades—, quería conocer más sobre sus guiones, los temas que abordaba y qué corrientes influyeron en él para escribir y recrear a sus oscuros personajes en tan originales historias.

Como casi todos los artistas del cine, Suárez comenzó a tener contacto con el séptimo arte desde muy joven. Nació en Cumaná y llegó a vivir mucho tiempo en Puerto la Cruz con sus abuelos, en una casa muy cerca de una sala de cine a la que iba todos los días, según se lee en El guion y los guionistas, de Rodríguez y Toro (1995).

En el liceo y en la universidad, mientras estudiaba Sociología en oriente, fundó espacios de apreciación y discusión cinematográfica. Durante el noveno semestre de la carrera, Suárez atravesó una fuerte crisis y dejó sus estudios. En sus palabras, según citan Rodríguez y Toro:

Me di cuenta, al final, de que esta ciencia no daba respuesta a la realidad (…) no me permitía revelar algunos aspectos de la realidad que estaban allí; me refiero a la soledad de las putas, la sensación de desamparo íntimo del desempleado, la muerte de una fe, la promiscuidad como una forma moral.

Ya en Caracas, Suárez trabaja como curador y programador en la Cinemateca Nacional, en donde accede a un vasto universo de material cinematográfico. Posteriormente, pasa un tiempo en Medio Oriente y a su regreso adquiere una máquina de escribir. A partir de este momento, y bajo la influencia de los maestros Antonioni, De Sica y Fellini, Suárez se convierte en guionista. Se empeña en llevar a la gran pantalla historias con personajes menos favorecidos, enmarcados en una sociedad hipócrita y corrupta.

El universo de Suárez —compuesto por 22 guiones para largometraje y 9 para cortometraje— está cargado de denuncia social. Abundan en él personas en conflictos con la ley, como ladrones, corruptos y estafadores. En sus películas, los injustamente marginados, como las prostitutas y los homosexuales, así como los delincuentes, se enamoran, quieren y sienten. Sus personajes se trazan metas y buscan con desesperación romper ese cerco social que les impide la felicidad.

Además de Pandemonium, de él vi hace poco dos trabajos que recomiendo encarecidamente: El cuerpo del delito (1995) y La oveja negra (1987), ambas de Román Chalbaud. Sobre el primero, un amigo me comentó que Suárez lo escribió con prisa para que Chalbaud cumpliera con un contrato ya pagado con Venevisión. Ante lo crudo del guion para la señal abierta, el director, según mi amigo, llegó a decir: "Le tuve que echar talco de bebé a ese libreto".

En este unitario, Suárez nos cuenta el enredo criminal y amoroso entre una mujer secuestrada y prostituta interesada en el dinero y un delincuente enamorado, pero contratado para matarla.

En La oveja negra, Suárez nos sumerge en la historia de una banda de asaltantes y carteristas —liderada por Eva Blanco—, quienes crean una suerte de Estado paralelo en las instalaciones de un cine abandonado en el centro de Caracas.

El año próximo, Suárez cumplirá treinta años de haber pasado a la eternidad. Pude conocer que posterior a su muerte surgieron en el oriente del país centros culturales y cineclubes que llevan su nombre. No obstante, este pequeño escrito es un modesto llamado a las instituciones nacionales, así como a los medios privados, a difundir con más dedicación sus películas y trabajos, ya que, según llegó a decir el crítico Rodolfo Izaguirre, en la tesis ya citada, Suárez ha sido el único gran guionista de cine venezolano dedicado cien por ciento al libreto cinematográfico.

 

Carlos Alejandro Martín

columnacontraplano@gmail.com


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